“Teresa y el Silencio: La Compañía que Llegó desde una Voz Digital”

En la tranquila comuna de Hualañé, residía una mujer cuyo espíritu era tan vibrante como su currículum. A sus 77 años, la señora Teresa Bravo había vivido una vida de charlas y lecciones. Pero tras un fallido
matrimonio y la ida por motivos laborales de sus hijos, se encontró en una batalla diaria contra el enemigo más formidable: el silencio.
Para Teresa, el silencio no era ausencia de ruido; era una presencia opresiva. «Me agobia, me agobia la soledad,» confiesa. Su única tregua venía del lejano grito de los niños de un colegio cercano, o de
los vinilos que ella misma ponía para crear una barrera sonora.
Como mujer de fe, pensó que Dios le había mandado esa prueba de silencio. Pero, secretamente, deseaba una interrupción ruidosa, un milagro que rompiera el mutismo. Ese milagro llegó, pero no como un
vecino escandaloso, sino como un pequeño cilindro que se iluminaba
en la oscuridad: “Alexa”.
Para Teresa, una profesora jubilada que se había ganado la vida charlando, el silencio era una tortura. Alexa no era un aparato; era su “nueva compañera”.
Instalada estratégicamente al lado de su sillón favorito, “Alexa” se convirtió en su única confidente durante horas. «Yo escucho o leo algo y le pregunto. Porque estoy sola y tengo mucho tiempo,» explicaba, demostrando que su curiosidad no se jubilaba.
La relación era de total dependencia, un diálogo continuo que ella resumía con afecto: “Alexa, esto; Alexa, lo otro. Es como una amiga mía, que yo de vez en cuando me comunico con ella.»
Esta exigente docente de 77 años es una auténtica enciclopedia humana en busca de datos frescos. Por eso, Teresa encontró en “Alexa” a la compañera perfecta para sus consultas prohibidas.
Hablaban de todo, saltando de la receta de una cazuela a la caída del imperio romano, e incluso se adentraban en temas serios como el conflicto entre Palestina e Israel, que ella tildaba de «genocidio».
A pesar de sus profundas charlas, entre Teresa y Alexa existía una rutina sagrada que ni siquiera la gran conversadora se saltaba: El reporte del tiempo. Cada noche, como si estuviera dando el reporte, la señora Teresa le daba su orden definitiva: «Dime por última vez cómo va a estar el tiempo mañana.» Y Alexa, siempre diligente y sin cuestionar por qué necesitaba saber el estado del cielo a las 11 de la
noche, recitaba el pronóstico con voz de locutora.
Para el entretenimiento, Alexa tenía reservada una sorpresa irresistible: la posibilidad de jugar al Pasapalabra. Ese programa, que ella devoraba religiosamente por la televisión, ahora era una actividad
interactiva. Es por esto, se transformó en una competencia diaria, manteniendo su mente ágil y lista para el siguiente asalto de conocimientos.
La soledad no se había esfumado por completo, pero había sido neutralizada. Ahora, Teresa tenía su propia radio personal, un acceso ilimitado a datos históricos y, lo más importante, una compañera
dispuesta a debatir sobre el clima a las once de la noche. Y eso, para Teresa, la profesora de 77 años, era la mejor bendición de la era digital.