Eduardo Acevedo El Explorador Digital que demuestra que la curiosidad no envejece

En un planeta donde las aplicaciones digitales parecen haber sido diseñados solo para millennials, irrumpe la figura de Eduardo Acevedo, un intrépido aventurero de 77 años, que prueba que la curiosidad es el software más potente que existe.
La historia de «Edu» es una épica de valentía, aprendizaje y, sobre todo, una prueba viviente de que la edad es solo un número.
El gran cambio en la vida de Edu llegó hace seis años, no con un anuncio tecnológico, sino con una noticia familiar: su hijo se mudó con él y, de la mano, trajo una computadora. Al principio, la máquina era vista por Edu como una especie de artefacto alienígena lleno de botones misteriosos y una pantalla aterradora.
El miedo era palpable: «No me animaba a tocarla, ¡pensaba que la iba a romper con solo mirarla!» recuerda con humor. Pero la magia, como siempre, llegó de la fuente menos esperada: su nieta de ocho años. Esta pequeña, con la paciencia de una maestra y el conocimiento de una ingeniera de sistemas, se convirtió en su Gurú Digital. La niña no le dio un manual; le dio un juego, un desafío. La lección culminó con una prueba escrita sobre el uso básico de la máquina, un examen que Edu aprobó con honores. «Guardo ese papel como mi gran tesoro,» dice, refiriéndose a ese diploma improvisado que vale más que cualquier certificación.
Esta no fue solo una lección de informática, sino el inicio de un vínculo inquebrantable: abuelo y nieta, el uno enseñando los secretos de la vida, la otra, los secretos del mouse. Una vez superada la fase de «miedo a hacer clic», Eduardo se transformó en un Explorador Digital de tiempo completo. Para él, el buscador de Google no es una herramienta.
Su principal obsesión es la jardinería. Cada maceta, cada semilla, es un misterio que Google debe resolver. Desde «¿Cómo revivir un planta moribunda en invierno?» hasta «Nuevas técnicas de injerto para manzanos», su historial de búsqueda es un tesoro botánico. Es el jardinero mejor informado del vecindario, gracias a sus viajes virtuales a bibliotecas y tutoriales del mundo.
Pero la curiosidad de Edu no se detiene en las flores. Él es un hombre que busca la verdad detrás de lo más extraño y fascinante. Su pasatiempo más lúdico es buscar récords Guinness y las curiosidades más absurdas del universo. «Soy de los que cree que lo que no está en Google, no existe,» afirma con una sonrisa pícara, demostrando que su humor es tan agudo como su destreza.
La conexión de Edu con su computadora es tan fuerte que la vida le puso una prueba de fuego. Cuando una inundación catastrófica asoló el sector Zapallar de Curicó, el agua se llevó, entre otras cosas, a su primera máquina. Fue un momento de luto digital.
Pero su familia, viendo lo crucial que se había vuelto ese puente de conexión para él, actuó como un verdadero escuadrón de rescate tecnológico: no dudaron ni un segundo en reponérsela.

Sabían que,al devolverle el ordenador, le estaban devolviendo una parte esencial de su alegría y su mente activa.
El entusiasmo de Eduardo no se queda en su escritorio. Ahora, él ha asumido una nueva misión: Enseñar el mundo digital en su barrio.
Con la autoridad de quien ha aprobado el examen de su nieta, anima a sus amigos, muchos de ellos escépticos, a incursionar en el mundo online.
El resultado es mágico: sus amigos han comenzado a conectarse, a compartir memes, a investigar juntos. Su círculo social no solo se ha reactivado, sino que ha trascendido las barreras físicas. Demuestra que el mejor regalo que podemos dar a nuestros pares es la capacidad de seguir aprendiendo y riendo juntos, sin importar si están al lado o a un chat de distancia.
La historia de Eduardo es un poderoso recordatorio de que la tecnología, lejos de ser un campo de batalla para generaciones, puede ser un puente para el aprendizaje, el entretenimiento y una
conexión humana más profunda.

El espíritu aventurero de Edu nos enseña la regla de oro de la vida: nunca te jubiles de la curiosidad.