“Margarita González: La Reina de las Cazuelas y del Mundo Digital”(Reportaje)

En el corazón del sector surponiente de Talca, específicamente en La Florida,
reside una mujer que es un verdadero tesoro nacional: Margarita González. A sus
70 años, Margarita no es solo una abuela; ¡es la capitana de las cazuelas!
Su hogar es su castillo, un santuario donde el tiempo se mide en el calor de los
abrazos de sus nietos y el reloj biológico marca la hora exacta para el aroma de la
comida casera. Su especialidad, que no admite rival, son las tradicionales
cazuelas y los porotos, siempre con ese «agregado extra» que es su firma secreta,
un toque de magia culinaria que solo ella conoce y que hace que hasta el día más
frío se sienta como un abrazo.
Pero la historia de Margarita comenzó muy lejos del Wifi. Oriunda de la rural
Curtiduría, en la comuna de Pencahue, su infancia fue un verdadero «modo
avión» natural. Creció entre campos, animales y el ritmo sosegado de la
naturaleza, un universo a años luz de los hashtags y las selfies.
Margarita rememora esa época con la dulzura de un caramelo de antes. La
emblemática estación de trenes del sector, parada obligada del histórico Ramal
Talca-Constitución, era su patio de juegos, su centro comercial y su «Netflix» de
la época. Allí, en medio del traqueteo lento y sabio del tren, cada riel contaba una
historia, y el juego consistía en atrapar esos recuerdos que ahora trae al presente
con una sonrisa nostálgica.
A pesar de su natural timidez, Margarita es una mujer de manos trabajadoras y
corazón gigante. La transición al siglo XXI no fue por voluntad propia, sino un acto
de amor filial. No tiene un computador, pero un viejo celular, regalo estratégico de
uno de sus cuatro hijos, se ha convertido en su «caja de pandora» personal, su
talismán inseparable que lleva siempre en el bolsillo.
De esa «caja de pandora» brotó la luz y el dulce vicio de Candy Crush. Para ella,
el juego no es solo un pasatiempo, sino una sesión de relajación intensiva.
Cada nivel superado es un pequeño triunfo que la mantiene ágil y le da una
sensación de victoria.
Pero el universo digital de Margarita es vasto y profundamente emotivo. Por
ejemplo, su plataforma predilecta es YouTube. La usa para revivir los dramas que
marcaron su juventud. Allí se sienta a disfrutar de «La Madrastra» y, por supuesto,
de la eterna herida de «Ángel Malo». Cuando habla de la muerte de «Nice», su voz
se pone solemne y su juicio es inapelable: «Esa sí que fue una tragedia de verdad”
sentencia, reviviendo la escena como si hubiera pasado ayer.
En tanto, Facebook, es un gran álbum familiar, vigilando las fotos de los suyos.
Pero también lo usa para informarse, manteniendo siempre un ojo crítico. Cuando
ve algo sospechoso, suelta una crítica mordaz: «Estas noticias a veces no son muy
confiables», demostrando que la experiencia la ha convertido en una detective de
la posverdad.

Finalmente WhatsApp. En la mensajería instantánea, Margarita tiene una regla de
oro: llamar primero, chatear después. Para ella, es la forma más directa de acortar
la distancia con sus seres queridos, además de la excusa perfecta para evitar el
complicado tecleo y el problema de la red, que siempre la deja a medio camino.
Toda esta increíble adaptación ha sido posible gracias a un equipo de apoyo
fundamental: sus hijos, con ellos ha aprendido, paso a paso y con infinita
paciencia, la gran pared de la brecha generacional.
Como bien señala el sociólogo chileno Darío Rojas Bahamondes, el obstáculo no
es que los adultos mayores se nieguen a aprender, sino la forma en que se les
enseña. «Solo la paciencia, la dedicación, la comprensión y el amor podrá llevarlos
a cambiar ese patrón,» afirma el experto, dándole la razón a esa generación de
hijos que han tenido que convertirse en profesores de aplicaciones y manuales de
usuario improvisados.
El viaje de Margarita no está exento de obstáculos. La tecnología, como toda
estrella, tiene su lado oscuro. La luz brillante le cansa la vista, una dificultad
común que a veces le exige rendirse antes de alcanzar ese último caramelo en el
Candy Crush.
Y luego ese leve temblor en las manos que transforma un simple mensaje de
WhatsApp en un verdadero desafío de precisión quirúrgica. Escribir o utilizar
ciertas aplicaciones requiere una concentración y un pulso que no siempre están
disponibles.
La historia de Margarita González es un recordatorio dulce y firme: la tecnología
debe ser una herramienta inclusiva, diseñada con el corazón y pensando en la
abuela, y que la familia y la sociedad tienen el papel estelar para asegurarse de
que nadie se quede atrás en esta gran aventura digital.