En el corazón del sector surponiente de Curicó, reside Gladys Poblete, una
mujer cuyo espíritu indomable ha resistido el paso de los años.
Deportista y activa en su juventud, e incluso a medida que envejecía, llegó un
momento en que su cuerpo, aunque cansado, no lograba seguir el ritmo que su
mente le imponía.
Sus familiares le aconsejaban descansar, pero Gladys, con la tozudez de quien
valora la utilidad sobre el reposo, se negaba rotundamente a quedarse en los
laureles.
A pesar de su valentía ante los desafíos de la vida, existía una barrera que parecía
infranqueable para Gladys: la tecnología. Para ella, los teléfonos inteligentes y las
computadoras eran, en el mejor de los casos, cajas mágicas e incomprensibles.
Se resistía con firmeza a aprender, a dar el salto a ese mundo digital que percibía
como ajeno y complicado. “No sabía ni prender un computador. ¿El teléfono? Sólo
lo utilizaba para hablar”, dice.
Sin embargo, el mundo se puso patas arriba con la llegada a Chile en 2020 de la
pandemia del COVID-19. La cuarentena sanitaria la encerró entre cuatro paredes,
aislándola de sus seres queridos y rompiendo las rutinas de cercanía que tanto
atesoraba. Fue en ese momento de soledad obligada cuando la tecnología, su
antigua rival, se convirtió de manera inesperada en su única ventana al exterior.
Gladys, la anti-tecnológica por excelencia, se vio forzada a rendirse. Con una
paciencia infinita, sus hijos, sobrinos y nietos asumieron la misión de guiarla a
través del laberinto digital.
Al principio, cada intento era un desafío. «Buscar cosas en la web es realmente
dificultoso,» se quejaba a veces con una mezcla de frustración y humor.
Pero, con cada clic, con cada videollamada exitosa, Gladys descubría una nueva
fuente de alegría. El simple acto de ver las caras de sus nietos que vivían lejos o
de hablar con sus hermanos que no había visto en años, todo al alcance de su
mano, fue un milagro moderno.
Un aparato sencillo le devolvió la voz y la imagen de aquellos que pensó que
había perdido de vista por la distancia.
Lo que comenzó como una estricta necesidad para sobrevivir al encierro,
rápidamente se transformó en una pasión incipiente. Gladys no solo aprendió a
usar su teléfono para lo básico –»Llamo a mis hermanos o a veces necesito una
noticia que se me escapó,» explicaba con orgullo–, sino que se atrevió a ir más
allá.
La mujer que antes consideraba las redes sociales una frivolidad se creó sus
propios perfiles.
La pantalla, aunque diminuta para su vista ya cansada, se abrió en un universo de
posibilidades. De pronto, su mundo se expandió infinitamente, lleno de noticias,
amigos y, lo más importante, de la familia que tanto amaba.
Quizás la pandemia trajo consigo mucho dolor, pero para Gladys, fue un regalo
disfrazado. La forzó a salir de su caparazón, a romper la barrera del miedo y a
abrazar el futuro.
La distancia física ya no era un problema; con un simple toque en la pantalla,
podía acortar kilómetros y sentirse más cerca de los suyos que nunca. Su
pequeño mundo, reducido a su hogar en Curicó, se había conectado con el resto
del planeta.

